lunes, 20 de noviembre de 2023

POESÍA MÍSTICA A SAN JUDAS TADEO

San Judas Tadeo Los fieles siempre te piden que ayudes a solventar sus difíciles problemas nimios… si te tienen fe. Se acercan todos a ti con el fervor que les da saberte apóstol de aquel que muriendo nos salvó. Tú, pariente de Jesús, cerca estuviste de Él ¡Quién a negar se atreve los milagros que tus ojos con certeza presenciaron! Yo tengo que agradecerte el devolverme la fe, cuando apresada fui por la ciencia y el saber. La Física nubló mi alma, generó tan grandes dudas de la existencia de Dios que caí en el abismo de quién sólo cree en la razón. Más allí estabas tú, pronto, raudo a rescatarme. En mi mente apareciste pensé ti y en la vida que llevaste. Y de pronto sucedió ¿Un milagro? No lo sé, Más de lo que sí estoy segura Es que recobré la Fe.

EL VERDADERO AMOR

Dedicado a todas las madres 10, pero también a los hijos e hijas que han pasado por el mismo trance que yo y para aquellos y aquellas que, desgraciadamente, en algún momento de su vida también tendrán que vivirlo. Confieso que durante muchos años fui una romántica incurable. Siempre en busca del amor verdadero. Ese amor capaz de inmortalizarse en el tiempo y el espacio. Ese amor total en su inmensidad. Ese amor que no se desgasta ni deteriora con la convivencia. Ese amor que representa la entrega total hacia la otra persona. Ese amor que implica poner al ser amado por encima de uno mismo. Ciertamente creí encontrarlo en un par de ocasiones pero… ¡fiasco total! Ambos tipejos me salieron ranas. Con el transcurrir del tiempo me convencí de que tal tipo de amor no existía. Craso error. El amor que con tanto ahínco busqué siempre estuvo ahí, a mi lado… ¿Tan ciega estaba? No. Lo que ocurre es que, generalmente, hasta que no perdemos algo que siempre ha estado ahí no nos damos cuenta de que lo teníamos o… no lo valorábamos como debiéramos. Siempre estuviste a mi lado, cuidándome, protegiéndome, ayudándome. Nunca criticaste mi forma de pensar o de ser a pesar de los muchos errores que cometí. Siempre podía contar contigo. Recuerdo como, al divorciarme, venías a hacerte cargo de mi hijo pequeño. Eras tu quien me echaba una mano fregando cacharros, planchando y haciendo tareas de la casa. Tú, siempre tú. A pesar de tu edad eras incansable. Supongo que la naturaleza te daba fuerzas por ser lo que eras, mi madre. Sabías que tu hija te necesitaba y tirabas para adelante aunque te tuvieses que tomar un paracetamol para aliviar tu artrosis. Como toda buena madre luchaste por sacarnos adelante cuando papá murió en aquel accidente de tráfico y te dejo viuda tan joven. Me vienen los recuerdos de aquellos tiempos, trabajando fuera de casa y, al mismo tiempo, realizando las tareas domesticas pues, al ser nosotras tan pequeñas, en poco podíamos ayudarte. Para ti no había fiestas. Todos los días eran laborables. No salías por ahí. Olvidaste lo que significaba la palabra diversión. Siempre trabajando, cosiendo aquellas prendas que te traías del trabajo a casa para obtener más dinero con el que afrontar todos los gastos, procurando que nada nos faltase. Eso es amar. Quienes como yo han tenido una madre 10 y la han perdido sabrán perfectamente de lo que estoy hablando. Y es que, de seguro, habrá en el mundo millones de madres tan buenas como tú pero ninguna mejor. Me siento muy afortunada y doy gracias a Dios, a la vida, al destino o… simplemente al azar por haber nacido de ti. Ahora comprendo por qué, en los últimos meses de tu vida y con esa terrible enfermedad que hace que te olvides de todo nunca te olvidaste de tu madre y siempre la llamabas y decías que querías irte con ella, querida mamá. Sí, ahora lo sé y estoy convencida de que, también yo, cuando me llegue el momento… te llamaré a ti y querré estar a tu lado por toda la eternidad. Tú y yo eternamente unidas en un amor sin fin. Ese es el amor verdadero. Gracias, mamá.

UN HUERTO NO ES SÓLO UN HUERTO

Hacía años que no iba por allí a pesar de tenerlo al alcance de mi mano o, mejor dicho, de mis pies… Quería recuperar mi barrio, volver a vivirlo ya que, por asuntos familiares, apenas salía a comprar al mercado y al supermercado. Esa tarde me animé y crucé la carretera que me separaba del parque. Amenazaba lluvia pero no me importó. El ansiado reencuentro con ese verdor que tanto árboles como césped me brindaban me animaba a desafiar cualquier tormenta. Pareciese que, movidos por el viento, arbusto y ramas de árboles me saludasen alegres de verme después de tanto tiempo. Algunos charcos en el suelo causados por algún chubasco caído horas antes hacían que fuese sorteando el camino que me llevaba a aquel lugar que conocí en sus primeros tiempos: el huerto comunitario Ladis. Me emocionó traspasar sus puertas. Allí estaban algunos vecinos de mi barrio, los huertanos, trabajando en él. Más no fueron ellos quienes salieron a recibirme, en un principio. Tres guardianes salieron a mi encuentro: tres pequeños perritos ladraban según iba adentrándome en el huerto. Natural, no me conocían y me veían como una intrusa. ¡Cómo iban a saber ellos que yo pisé esas tierras muchos años antes que ellos! Eran inofensivos y muy graciosos. Enseguida se acercó uno de los huertanos a quien saludé y pedí permiso para visitar el huerto. Por supuesto me le dio encantado. A tan amables y encantadoras personas les gusta recibir visitas y mostrar, orgullosamente ese huerto al que tantas horas, trabajo y esfuerzo dedican. Le sonaba mi cara pero ya no me recordaba hasta que comenzamos a hablar y entonces cayó en la cuenta de quién era: una vecina comprometida con el proyecto del huerto desde sus orígenes. De aquella época, aquella tarde, solo vi a dos huertanos conocidos, el resto eran totalmente desconocidos para mí. Comencé mi paseo por el huerto y quedé admirada. ¡Cuánto había cambiado! La verde vida brotaba por doquier en los bancales en forma de hojas de calabacines, acelgas y tantas y tantas verduras y hortalizas. Ni un hueco quedaba sin cultivar. Árboles frutales con sus incipientes frutos se mezclaban con los árboles que ahí se habían conservado de la época en la que aquellas tierras eran parque. Los huertanos, con gran ingenio, habían construido con madera unas estructuras cuyo techo se veía cubierto de hojas de parra. También había preciosas rosas y otras flores de vistosos colores. El huerto lucía esplendoroso, bello, ¡tan verde! La alegría iluminó mi mirada. La brisa de la naturaleza había atravesado mi alma. Les felicité por tan buen trabajo. Me hablaron de una solicitud realizada a la Junta Municipal para ampliarle.¡Ojalá y la consigan!Les pregunté si ya no habían vuelto a tener problemas de vandalismo. Lamentablemente sí. Eso no había cambiado. Me comentaron que habían arrancado unas plantas de tomate y algunas cebollas. Simplemente por causar daño. Desgraciadamente en nuestra sociedad también crecen malas hierbas: gente que no respeta ni el trabajo ajeno ni la naturaleza bueno. Sinceramente creo que no respetan nada ni a nadie. Al salir de allí pensé: “¿quién dice que aquí no hay verde? ¡Que vengan a visitar el huerto! Afortunadamente en mi distrito hay otros huertos comunitarios, de seguro, tan exuberantes, bellos y bien cuidados como el nuestro y que también muestran los maravillosos frutos que el trabajo del hombre aliado con la naturaleza (y no en su contra) pueden dar para así poder disfrutar de ellos, aunque sólo sea como yo, paseando por entre sus bancales. Cruce de nuevo la calle y volví a encontrarme con el asfalto, los edificios pero en mi espíritu estaba la alegría de ese contacto con la naturaleza que, gracias al parque y al hermoso huerto comunitario, había tenido no pude por menos de exclamar: “¡un huerto no es sólo un huerto!” Rosa Castrillo

RELATO DE UNA COCINERA

Soy una espectadora asidua de los programas de cocina que echan por televisión. Mas mi motivación no es la usual. Veréis, cocino porque no me queda más remedio, ¡hay que comer y dar de comer a mi tropa! Lo hago pues por obligación que no por devoción. Al ver dichos programas no pretendo aprender a elaborar platos nuevos, por fáciles que sean de preparar. Y es que, en mi casa: sota, caballo y rey. A mi gente no les gustan las innovaciones por lo que casi todas las semanas cocino lo mismo. Eso sí, aunque de antemano saben lo que les voy a dar de comer lo que no saber es que día… ¡Sorpreesa! Lógicamente vario según la estación porque si se me ocurre meterles pa’l cuerpo un cocido en verano me lo tiran a la cabeza… ¿Por qué veo pues esos programas? Muy sencillo, porque me encanta escuchar lo siguiente: “ 150 gramos de harina, ½ kilo de pimientos, etc., etc. ¡Las medidas! Y es que en mi familia eso no se lleva. Cuando empecé a cocinar preguntaba a mi madre y tías y me decían lo siguiente: -Mamá, ¿cuánto pan rallado tengo que echar para preparar las albóndigas? -Pues lo que te vaya pidiendo la carne picada. ¡Manda güevos! -Tía, ¿cuántos minutos tengo que dejar hervir las gambas? -Pues lo que tardes en rezar un Padrenuestro. No te jode, pues eso dependerá de la velocidad con la que cada persona lo recé, pensé yo en ese momento… -¿Cuántos fideos tengo que echar en el caldo? -Pues los echas a ojo. O sea que depende de cómo tenga ese día la vista así tengo que echar de fideos… -¿Cuánto arroz tengo que añadirle a las lentejas? -Pues un puñado. ¡¿El puño de quién!? Y es que no todos tenemos la misma medida de puño… -¿Qué ingredientes tengo que comprar para hacer un gazpacho? -2 ajos, 2 pimientos (uno verde y uno rojo), 1 pepino, 1 kg. de tomates, sal, aceite, vinagre, y cominos. -Vale, pero, ¿cuánta sal, cuanto aceite, cuanto vinagre y cuánto comino? - Pues tú lo vas probando y según te sepa vas añadiendo más cantidad de una u otra cosa. Después de años de experiencia he ido capeando el temporal y, sin medir, preparando las comidas a mi aire. Y claro, a veces las lentejas y el arroz pueden hacer competición de natación en el caldo y otras se quedan más secas que el ojo la Inés. El gazpacho a veces le clavo y otras digo: “le falta algo”. Lo malo es que no sé qué...ni lo sabré. Lo bueno es que en mi casa, ni Cristo se atreve a rechistar. Las criaturas se lo comen esté como esté. Lamentablemente a ninguno de ellos les ha dado por querer obtener una estrella Michelín y saben que si se quejan les digo: “pues ahí tenéis la cocina. Toda vuestra….”

lunes, 3 de febrero de 2014

SARA Y EL HUERTO MÁGICO

Sara vivía en un sexto piso de una calle de una gran ciudad. Era una preciosa niña pecosilla de grandes ojos verdes que apenas contaba tres años de edad. Le gustaba correr, saltar, jugar con sus juguetes, estar con sus amigas… ¡y la comida basura! La mamá de Sara no veía la forma de darle una dieta equilibrada pues la pequeña no podía ni ver frutas y verduras. Eso sí, se volvía loca por comer pizzas y hamburguesas. Su madre, a veces, conseguía que su hijita comiese un poco de pescado, sopa y algún que otro filete de pollo o ternera. Pero la falta de vegetales en la dieta de la niña la tenía muy preocupada pues sabía que la mayor fuente de vitaminas se obtienen a través de la fruta y la verdura. Llegó el verano y ese año, en lugar de ir a la playa los padres de Sara decidieron ir al pueblo de los abuelos. ¡Hacia años que no iban por allí! Se hospedarían en casa de un tío, ya mayor, que era la única familia que tenían en el lugar. A los pocos días Sara parecía haber nacido allí. Lo que más le gustaba era acompañar al tío Jaro a la huerta. Cada tarde el hombre, con mucha paciencia, le explicaba todo lo que había plantado. También le mostraba los árboles frutales y le enseñaba sus nombres y los frutos que daban. Después la pequeña se sentaba en una silla y veía como el tío Jaro quitaba las malas hierbas y recogía pimientos, acelgas, lechugas y calabacines, entre otras hortalizas. A Sara le gustaba ayudarle a regar por lo que mientras el huertano regaba la huerta con la manguera ella hacia lo propio en los árboles frutales con una pequeña regadera que tío Jaro le llenaba una y otra vez. Aún así la pequeña seguía sin probar los productos huertanos. Fue entonces cuando uno de esos días el tío Jaro contó a Sara que aquel huerto era mágico. La niña le miró sorprendida, con la boca abierta y luego le preguntó qué tenía de mágico. Tío Jaro le dijo que si ella, al igual que su madre y él mismo tenían los ojos verdes era a causa de los vegetales de aquella huerta. Y añadió que si seguía sin querer comerlos con el tiempo irían cambiando de color perdiendo aquel tono verdoso. La madre de Sara nunca supo lo que motivó el cambio repentino que experimentó su hija, quien de pronto comenzó a comer acelgas, espinacas, calabacines, peras, manzanas y muchas otras frutas y hortalizas, aunque estaba convencida que aquellas semanas en el pueblo, viviendo en contacto con los productos de la tierra, de seguro tenían mucho que ver con él.

martes, 10 de diciembre de 2013

LA CONCIENCIA DORMIDA

Como si del cuento de Blancanieves se tratase, la conciencia de una gran parte de seres humanos (los que más riqueza tienen) parece estar dormida. Y es que la Bruja del cuento, en este caso el capitalismo salvaje, nos ha dado a probar la manzana envenenada del consumismo… Desde que ha llegado el Padre Francisco parece que brota un nuevo germen de vida, ¡esperemos que no venga la “guadaña” y lo sesgue (el invierno y su nieve, la del egoísmo)! No bastan las buenas palabras que el Papa Francisco I nos transmite, hay que actuar al igual que Jesús lo hizo. Él fue más allá. Él llamó ladrones a los sacerdotes. Pues lo dicho: “al pan, pan, y al vino, vino”. Al brote de vida al que hago referencia no es ese “brote verde” de la economía del que últimamente habla Rajoy. Me refiero a uno que traerá inmensos prados verdes a la humanidad: La esperanza del cambio. El cambio parece que en esta ocasión, en contra de cómo se supone (los políticos son los que deberían cambiar las cosas) vendrá por un cambio real de mentalidad que se producirá de abajo hacia arriba, especialmente a través de las raíces más tiernas pero con un mayor potencial: los niños, los hombres del futuro. Ellos están viendo y viviendo el significado real y el alcance de la crisis provocada por la globalización de un capitalismo desquiciado, fuera de sí, que existe en la actualidad. Pero al mismo tiempo, y paralelamente a ello, también se dan cuenta de que los que menos tienen son, por otro lado, los que más ayudan: ese es el verdadero germen de vida, la esperanza para el mañana: gente más humana, generosa, solidaria. Un ejemplo de ello es una iglesia de un barrio de la periferia de Madrid, en el cual el índice de pobreza es muy elevado. A ella acuden personas mayores, jubilados de escasos ingresos que aún así colaboran generosamente – dentro de sus posibilidades - con donativos y alimentos para ayudar a sus vecinos más desfavorecidos en la lucha por la supervivencia. Lo hacen a través del párroco el cual, por otro lado, aporta también dinero de su salario para contribuir con su granito de arena, junto con Cáritas, ONG’S y asociaciones de barrio a recaudar más dinero para que estas personas - porque son personas y no simples números en una hoja de estadística - puedan comer, pagar la luz, etc. Ese cambio se dará porque esta gran crisis está afectando a diferentes estratos involucrando con ello directa o indirectamente a la gran mayoría de los ciudadanos. Incluso los jubilados que podrían “respirar” tranquilos gracias a sus pensiones que, según dicen, están aseguradas, tienen hijos o nietos en paro y, por ende, los ayudan económicamente. Asimismo los que tienen el trabajo seguro (funcionarios, policías, militares, bomberos, etc.) también, de seguro, un gran número de ellos, tienen a familiares o amigos en tan terrible situación. Y es que… ¡se acabó el estado del bienestar! Podríamos - como cantaba Rita Hayworth en “Gilda”- echarle la culpa a “Mame” pero en realidad sí existen culpables: Por un lado el propio afán de consumo: el consumir por consumir y por otro y sobretodo, por los corruptos, los que evaden capitales, los que defraudan al fisco, los que quieren ganar dinero pagando sueldos míseros, los que manejan a su antojo las altas finanzas, etc. En definitiva: el egoísmo. Y es que estos últimos, personas que amasan verdaderas fortunas, no sólo son egoístas es que, aunque ellos se crean los más listos del mundo tal vez en realidad sean… ¡los más tontos!, porque, ¿acaso los faraones cuando se enterraron con todos sus tesoros se los llevaron consigo al “más allá”? ¡Ni de coña! Lo material se queda en donde la materia está. ¡Ah, que no son creyentes!, ¡que están convencidos de que nada hay después de la muerte! Bueno, pero… ¿y si lo hay? Deberían pensar en que sería mejor actuar un poco en base a ello, por si acaso… Y es que las acciones que se hacen, de fijo, sí quedan grabadas en el alma de las personas, como las huellas dactilares en nuestros dedos. Y yo no digo que se vuelvan franciscanos, ¡que no estaría mal! Es comprensible que les guste vivir bien (¡a nadie le amarga un dulce!, pero cuidado porque el exceso de dulce trae muy malas consecuencias para la salud… en este caso la del alma) y que quieran asegurar un bienestar a sus descendientes pero ¡ni tanto ni a costa de que tantos vivan mal! Pegarse la buena vida o “la vida padre” en un lujoso yate no es delito (si se ha ganado el dinero honestamente), pero es un tanto obsceno, moralmente hablando, mientras tantas personas se están quedando sin sus casas – e incluso suicidándose por ello - o no tienen qué llevarse a la boca por haberse quedado sin trabajo. Por otro lado sería conveniente y se alejaría del egoísmo individualista si cada trabajador - sea cual sea su trabajo - reconociese que ha logrado ese puesto gracias a una educación – al menos en mi país - que ha recibido en forma gratuita, mayoritariamente, y pensase en qué forma y proporción puede devolver al Estado y a los conciudadanos su esfuerzo. Por supuesto hay personas que han podido permitirse unos estudios “a base de talonario”, pero ellos también deberían de pensar en que si es así es porque sus padres han obtenido los ingresos necesarios para ello en base al resto de la población. Y conviene tener presente un buen refrán (sabiduría popular) castellano: “No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita”. Y doy fe de que así es. Conocí a un hombre verdaderamente feliz, el tío Jaro. Era un hombre de campo que nunca salió de su pueblo para disfrutar de unas vacaciones; ni siquiera conoció el mar, pero su felicidad radicaba en sentirse bien allí, hablar con sus amigos en la plaza del pueblo e ir a tomar un café con ellos los domingos por la mañana y, sobretodo, disfrutar de la compañía de su familia en esas reuniones festivas y… su huerta. Trabajar la huerta y ver como daba su fruto le hacía sentirse feliz. Diría que es ahí donde tenemos que buscar la felicidad: en las cosas más sencillas que nos ofrece la vida. Hemos de darnos cuenta de que el verdadero sentido de la vida es la búsqueda de la realización personal que alcanzaremos sacudiéndonos de encima el egoísmo, siendo más humanos (generosos, solidarios, compasivos) y por ello hemos de procurar el bienestar social, en lugar del bienestar de consumo. ¿Por qué? Bueno, si se es cristiano – como he indicado antes - la respuesta es muy sencilla: cultivar un espíritu bondadoso que nos acerque a Dios es el sentido último de nuestra existencia. ¿Y si no se es? Pues aunque sólo sea por reparar la injusticia que hicieron con Jesús – que ningún mal hizo para morir como murió -. De esa forma, al menos, no murió en balde… aunque nada exista. Quisiera compartir la siguiente reflexión: ¿Qué es mejor salir en la lista de los hombres más ricos del mundo o en la de los más generosos? Sin duda, en mi opinión, que el nombre de uno figure en la segunda. La generosidad es lo más cercano al amor y, no olvidemos, que el amor sí da la verdadera felicidad. Pero mientras se produce ese cambio de mentalidad qué herramientas tenemos para combatirlo: el poder de cada uno de nosotros para cambiar todo. Colaborando y cooperando en lugar de compitiendo. Si cada uno de nosotros lo hace también cada uno de nosotros será ese “príncipe azul” que hará revivir la conciencia colectiva con la que construiremos una sociedad más humana y más justa.

jueves, 19 de septiembre de 2013

EL SONIDO DE LA QUENA

Nada pidió, no le dejaban. Los miró, me miró. Ambos pusimos caras de circunstancias. Entonces reaccioné. Me levanté del asiento y me acerqué a él para hacerle entrega del donativo que apenas unos instantes antes había extraído de mi monedero. Y es que ese hombre moreno de piel y cabello, venido de las américas, había logrado con su arte y magistral dominio de la quena, transportarme a los Andes. Por unos minutos no viajaba en Renfe Cercanías hacia Alcalá de Henares sino que estaba allá lejos, en el Altiplano, contemplando las montañas, el celeste cielo y el vuelo del cóndor. Aquel hispano, con el aire de sus pulmones había obrado el milagro de insuflar en mi alma – al tiempo que ese aire recorría ese instrumento musical de viento y salía diseminado por todos los orificios - una inmensa paz. Merecía no ya aquel pequeño óvolo que yo, modestamente, le entregaba como premio a su trabajo sino, como un verdadero artista que era, subir al escenario de cualquier teatro de Madrid y tocar allí para unos espectadores que, al escucharle, se entregarían totalmente. Más no era así la realidad. Lo que ocurrió a continuación es que, al parar el tren en la estación de Coslada y escoltado por dos guardias de seguridad, tuvo que apearse del vagón. Antes de hacerlo volvió a mirarme. Yo no había apartado mi vista de él y de aquellos hombres. Le sonreí y en voz queda le dije: “gracias”. Le agradecía que aquella bellísima melodía me hubiese librado por un breve tiempo de aquel tedioso run-run machacón del ruido del tren. Aquel descendiente de los incas había sido desalojado del tren por aquellos hombres implacables que cumplían con su trabajo y que, por ello, no podían apreciar su arte impidiéndole - por orden de alguien que seguramente no viaja diariamente a su trabajo en tren – ganarse de esta forma la vida sin molestar a nadie; más bien por el contrario alegrando y amenizándonos el viaje. Entonces pensé ¡qué trabajo tan poco gratificante aquel que, en lugar de amparar a los pobres…! Conclusión: Creo que todos deberíamos de tener en cuenta que la vida es corta pero la eternidad es muy larga. Por ello seamos menos egoístas y tendamos la mano a nuestros semejantes, especialmente a aquellos que más sufren.

jueves, 20 de junio de 2013

ENTRE PEINES Y TIJERAS


Al entrar en aquel establecimiento percibí algo diferente. Observé el color de sus paredes: tres tonalidades diferentes de gris. El más oscuro simulaba el marco de los grandes espejos que allí había. Encima de la mesita baja, como siempre, estaba aquel centro que contenía tres gruesas velas blancas. También podía ver aquel pequeño revistero con diversas revistas del corazón. Las plantas adornaban el mostrador y los secadores y sillas estaban situados en su correspondiente lugar. Todo parecía igual hasta que reparé en un cochecito de bebé.

Al principio pensé que se trataría del hijo de alguna de las clientas, pero enseguida comprobé que estaba en un error. La criatura era el retoño de una de las peluqueras: una mujer joven, con cara de cansancio y grandes ojeras. ¡Qué distinta de la última vez que la vi!

Mientras me lavaban el pelo el pequeño comenzó a gruñir. Tenía hambre. Éramos varias las mujeres que estábamos allí para ser atendidas, por lo que aquella joven madre no podía prestar atención a su bebé en ese momento.

Se la notaba agobiada y entonces pensé en lo difícil que es conciliar la vida laboral con la familiar en algunos oficios. Ella, sin ir más lejos, tenía que llevarse a su pequeñín al local donde trabajaba. Además - dada la situación de grave crisis económica que atraviesa nuestro país - Margarita no podía permitirse pagar una guardería y mucho menos dejar de trabajar: tenía que pagar una gravosa hipoteca.

Una de las clientas se ofreció para darle el biberón pero Margarita temía que, al estar el chiquitín un poco acatarrado, se atragantase. El pequeño cada vez reclamaba más vivamente su alimento y una de las mujeres le pidió permiso para tomar al niño en sus brazos y mecerle. Margarita se le dió agradecida. Todas mirábamos con ternura a aquel pequeño cachorro humano. Y como madres que éramos decidimos que lo mejor sería que atendiese a su hijo. Nosotras podíamos esperar.

La peluquera preparó el biberón y tomó a su pequeño en sus brazos para darle su alimento. No sé por qué, pero me emocioné.

Espero que algún día ese niño que va a crecer entre peines y tijeras, cuando sea mayor valore el esfuerzo que su madre - como tantas otras madres de condición humilde - tuvo que hacer para poder cuidar de él, al mismo tiempo que trabajaba sin descanso para llevar unos pocos euros a su casa.




lunes, 17 de junio de 2013

LA OTRA CARA DE LA MONEDA


Olvidada, erradicada para siempre. Así pensaba Elena de aquella época de chabolismo que, años atrás, se vivió en su distrito. Aquella tarde, tristemente, observó como aquel penoso pasado que constituyó una dramática lacra social podía convertirse en un nuevo presente.

Caminaba por una de las calles de su barrio, como en tantas ocasiones pues era paso obligado para ir a su domicilio, cuando nuevamente reparó en aquella casa cuyas persianas bajadas desde hacia más de un año denotaban la falta de gente viviendo en su interior. Se trataba de una de esas viviendas antiguas cuyos dueños, casi con total seguridad, habían fallecido o estaban en una residencia geriátrica. ¡Hay tantas hoy en día en semejantes circunstancias! Mientras caminaba Elena pensó en que la segunda opción, sin duda, era la que más podía ajustarse a la realidad ya que, en caso contrario, los herederos la habrían puesto a la venta.

Elena pasó por delante y se dirigió hacia el cruce. Mientras esperaba que el semáforo cambiase de color no pudo por menos que exhalar un suspiro proveniente de lo más profundo de su ser. No comprendía lo contradictoria que era la sociedad que los humanos – en ninguna otra especie se daba algo similar - habían creado: unas viviendas se quedaban vacías, sin poder seguir siendo disfrutadas por sus propietarios al no poder estos pagar la hipoteca… Y otras estaban deshabitadas porque sus dueños ya no podían o querían “vivirlas”.

El muñequito se iluminó de verde dándola, de esa forma, permiso para cruzar la calle. Elena así lo hizo. Anduvo unos escasos cuatro metros cuando se encontró con algo nuevo y que causó en ella un tremendo impacto: una chabola.

Una casa vacía y una familia habitando en una chavola hecha por ellos mismos en un solar. Sin duda, las dos caras de una moneda…





lunes, 6 de mayo de 2013

VIOLETA, LA GATETA

En memoria de la gatita Violeta, porque nunca la olvidaremos y siempre recordaremos con todo nuestro cariño.

VIOLETA, LA GATETA

Había llegado el ansiado día. En breves minutos llegaría a casa de los García una distinguida invitada, ni más ni menos que “milady” Violeta. Y no, no se trataba de una noble inglesa, ni siquiera su procedencia era la Gran Bretaña. El verdadero y remoto origen de su raza era Ankara, Turquía, aunque a nuestra inminente huésped se la denominaba y conocía más por el nombre que antiguamente poseía esa ciudad: Angora.

La tal “milady” en realidad era una preciosa gatita propiedad de un amigo de la familia el cuál, al marcharse unos días fuera de la ciudad, iba a dejar a su querida mascota en casa de esos inocentes que jamás habían convivido en su domicilio con un animalito doméstico de cuatro patas, por lo que no sabían lo que les depararía la estancia de tan distinguida huésped…

La arena ya había sido comprada. El resto del “ajuar” de la gateta (así la llamaba cariñosamente su dueño puesto que en realidad la familia de la gateta era oriunda de Catalunya, aunque ella era gata-gata al nacer en Madrid) vendría con ella: arenero, palita para recoger las “augustas” caquitas de “milady”, plato para echarle la comida, dos cucharaditas de plástico pequeñas para partirle el contenido de la lata que comía y que, al parecer, venía en un bloque compacto; asimismo estaría incluido en el lote otro recipiente para el agua, un spray para evitar el “agradable” olor de los “regalitos” que Violeta dejaría enterrados en la arena del arenero y una correa, por si había que mantenerla sujeta y, lógicamente, los envases con su comida. Eso sí, los anfitriones se encargarían de comprar el jamón de York que tenia por costumbre ingerir tan exquisita gata por las mañanas. Por supuesto ya estaba comprado, y además sin sal para evitar que a “milady” le diese más sed de la necesaria. ¡A esa familia todo se les hacia poco para agasajar y tener en “palmitas” a la anhelada visita!

Sonó el timbre. Era el hijo menor quién había ido a recoger a Violeta. El joven portaba en una mano una gran bolsa de plástico con los accesorios del animalito y en la otra a la pequeña “milady”, quien se encontraba en el interior de una extraña bolsa de tela a cuadros - muy desgatada ya por el uso -, especial para portar a los gatos, aunque no se trataba del típico transportín que era más rígido y de polipropileno (algo así como el plástico duro, en cristiano) conocido por ellos. Al preguntar la madre, el muchacho contestó que ese también era un transportín pero ella pensó que debía de ser más incómodo para el animalito, al notar más los movimientos de su dueño al caminar. La mujer pensaba que en uno fabricado con material duro la gatita notaría menos esos movimientos. Además, si su sobrina que era veterinaria utilizaba transportines rígidos, ¡por algo sería! Por supuesto no llegó a exponer tal comentario a su hijo ni formular, por tanto, ninguna pregunta al respecto. En fin, ¡allá su amo!

Al entrar en casa Miguel abrió la cremallera de la bolsa de viaje para que la gateta saliese. Fernando les había dicho que lo primero que tenían que hacer, nada más llegar, era enseñar al animalito dónde estaba su particular y privado “trono”, el arenero, para que la gateta supiese dónde tenía que acudir cuando la necesidad le apremiase… También debían enseñarle toda la casa, habitación por habitación, para que viese que no había ningún peligro y eso sí, les aseguró que Violeta no daría ningún problema puesto que estaba muy bien educada: ni se subía por encima de los muebles, ni arañaba cortinas, ni se la pasaba el día maullando. Era una gatita muy tranquila.

“Milady” salió y reconoció mediante inspección ocular tanto el pequeño cuarto de baño, que a partir de ese momento y hasta su marcha sería de su uso exclusivo, como el resto de la casa, incluida la habitación de la “leona”. Así llamaban madre e hijo a Silvia, la hermana mayor del muchacho. Y es que esa muchacha más que ser una “gata” (así se llama a las nacidas en Madrid, de pura cepa) era, cuando se cabreaba, una verdadera fiera currupia. Afortunadamente no estaba en casa y por ello no había habido ningún problema a la hora de mostrar a la gateta el “santuario” de la primogénita.

Era el animalito cosa preciosa, pequeñita, cubierta por un sedoso y largo pelo de color negro, brillante a causa del buen cuidado que recibía por parte de su dueño, salvo unos pelillos blancos. Violeta tenía grandes, expresivos y lindísimos ojos verdes; su cabecita redondeada, al ponerse de lado, ofrecía gran similitud con aquellos gatos considerados sagrados por los sacerdotes egipcios en la antigüedad, en la época de las pirámides. Al poco tiempo llegó Silvia quien se entusiasmó con la gatita, habida cuenta que ésta se dejo acariciar por ella sin moverse del sofá. Igual ocurrió con la tía de los muchachos. La mimosa gateta enseguida conquistó a los moradores de la casa, consintiéndola todos los caprichos. Por su parte la gateta enseguida se habituó a sus nuevos amigos, al comprobar lo bien que se ocupaban de ella: cuidándola, mimándola y dándole su deliciosa cena. Era una especie de paté de buey y cordero que, a gusto de Rosa, olía que apestaba, además de tener pinta de estar crudo. ¡Aghh, qué asco! Por supuesto que a la mujer no la quedó otra que “tragarse” su asco y, ayudada por su hijo, y una vez echado en el platito decorado con dibujos de los 101 Dálmatas de Walt Disney, cortar el compacto bloque de carne en porciones muy pequeñitas, partidas con las cucharitas de plástico que se asemejaban a las que se utilizan para comer helados de cucurucho. “Milady” se zampó el contenido del plato en un santiamén, relamiéndose después y dejándose acariciar por sus cuidadores. Sin duda se encontraba a gusto en esa casa. Ahora sólo faltaba saber dónde iba a dormir la preciosa gatita. Miguel se la llevó a su habitación y la gateta, subida a la cama, se echó a los pies. Se apagaron las luces y todo quedó en silencio. Era hora de dormir.

¡Y tururú corneta! Un par de horas más tarde comenzó la sinfonía en “maullido” mayor, proferida por la divina soprano Violeta…

Una a una fueron encendiéndose las luces de las habitaciones, al mismo tiempo que las puertas de las mismas se abrían. La gatita no estaba ya en la cama sino en el suelo y su “miau-miau”, en el silencio de la noche, resonaba en realidad más estridente de lo que en sí era. 1Vaya, vaya, con que la gatita no decía ni pío por la noche…! ¡Verás mañana los vecinos!, ja,ja,ja, de seguro que se van a acordar de mí… y de toda mi familia, dijo la madre.

Todos convinieron en que, sin duda, la gateta echaba de menos tanto a su dueño como a su hogar. Sea como fuere en toda la noche ya no hubo quien durmiese y a las seis de la mañana, en un desesperado intento de acallar lo que parecían ser quejicosos requerimientos, dieron a “milady” una lonchita de jamón de York la cuál fue devorada con fruición. Al poco tiempo se pudo escuchar un extraño ruido que provenía del arenero: la gatita de angora estaba echando arena, con sus patitas, a fin de enterrar sus deposiciones. Una vez hecho esto se paseó alrededor de Rosa, pasando entre sus piernas y rozando las de la mujer con su peludo cuerpecito. Después se subió al sillón y, dejándose acariciar, cerró sus ojazos verdes y durmió un ratito.

El ama de casa reanudó los quehaceres domésticos que había dejado en “stand by” al ser prioritario para ella la limpieza del arenero y el fregado del suelo de baño, ya que la linda angorina había echado casi todo el pis por las baldosas. La mujer abría la ventana de la habitación para aviarla, cerrando la puerta para evitar que la gatita, al despertar, fuese allá y se subiese en el alféizar de la ventana; lo cuál podría suponer un peligro para el animalito, según ella pensaba. Hacía rato había pasado la “hora del angelus” cuando Rosa se dispuso a preparar la comida y, para evitar la concentración de humo en la cocina, abrió un poco la ventana, manteniendo la puerta bien cerrada. Una vez puso el guiso en la olla, salió y encontró en el pasillo a “milady”. La habló cariñosamente y la gatita se acercó a ella rozando su cuerpecito contra las piernas de esta, acariciándola. Rosa se agachó y pasó su mano varias veces desde la cabecita, bajando por el lomo de la gatita, hasta su cola. Era muy graciosa la forma en que la gateta elevaba su parte trasera para permitir ser acariciada.

La mujer marchó al salón y una vez allí escuchó el maullido de Violeta quién parecía llamarla. La gatita se encontraba en la entrada del baño con la mirada fija en Rosa. Ésta fue allí y enseguida se dio cuenta de lo que la preciosa gateta quería decirla. ¡Había hecho pis dentro del arenero! Rosa acarició a la pequeña angorina diciéndola lo bien que lo había hecho. Violeta se dejó acariciar subiéndose, acto seguido, en el sillón del salón, otro de sus territorios conquistados…

La puerta del pasillo, junto con el resto de las habitaciones, estaba abierta ya que el ama de casa iba y venía limpiando aquí y fregando allá. Por fin terminó y se fue al salón. Encendió la televisión y esperó que su hijo llegase del instituto para comer juntos. De repente echó en falta a la gatita. La llamó pero Violeta ni maullaba ni se hacia visible. Rosa comenzó a buscarla por las habitaciones. Miró detrás de las cortinas, debajo de los sillones y de las camas. La buscó por los rincones pero no pudo encontrarla. La ansiedad aumentaba por momentos en el ánimo de Rosa. ¿Dónde podrá estar?, ¿dónde se habrá metido?, se preguntaba una y otra vez. De pronto cayó en la cuenta de que la ventana de la cocina estaba un poco abierta y temió lo peor. ¡La gateta se había escapado! Fuera de sí, pensando en los peligros que una gatita de pedigrí, tan mimada como esa, podría sufrir allá, en la peligrosa vida callejera que a partir de entonces podría esperarla y sin querer ni imaginar el dolor que esa pérdida causaría tanto al dueño como a su propio hijo, la ansiedad se fue convirtiendo en pura angustia. Lloraba y buscaba. Buscaba y lloraba. Rezaba a todos los santos, especialmente a San Antonio que, según dicen, es el encargado de encontrar todo lo que desaparece… Se vistió y salió de su casa en una disparatada y banal búsqueda de Violeta. Miró por el patio de la comunidad en la que vivía y al no encontrarla salió a la calle, caminó entre la rosaleda, se paró y miró en un descampado. Había otros felinos callejeros pero nada, ni rastro de la querida gateta. Con el alma en vilo y la enorme tristeza reflejándose en su cara regresó a casa. No podía parar de llorar y la gran tensión a la que estaba sometida la hizo caer en eso que se denomina “ataque de nervios”. Minutos más tarde sonaba el timbre de la casa: era su hijo. El muchacho, al entrar, lo primero que hizo fue preguntar sonriente por Violeta, pero al ver la cara de su madre se barruntó algo malo. No tuvo tiempo de pensar en más ya que la madre, al instante, le soltó a bocajarro que la gatita se había escapado. Miguel se echó las manos a la cabeza diciendo: “me mata, Fernando me mata”. El joven comenzó a buscar a la gata por toda la casa, a pesar de que su madre le decía una y otra vez que ya lo había hecho ella sin obtener resultado alguno. Su búsqueda también resultó infructuosa. Miguel se dirigió a la cocina, volviéndose hacia su madre para decirla con voz alta, profunda y rotunda que era imposible que la gata hubiese saltado al patio desde esa altura. Aún así ambos bajaron y volvieron a echar una ojeada por el patio y por la calle. Al regresar a casa el muchacho preguntó a algunos de sus vecinos si la habían visto. La respuesta de todos ellos fue negativa. Lejos de desanimarse Miguel repetía una y otra vez que iban a encontrarla. Cayó en la cuenta de que, en todo caso, tal vez la gateta había pasado, saliendo por la ventana de la cocina, a la terraza del vecino de al lado. El hombre no estaba pues hacia ya un par de horas que había marchado al trabajo. Madre e hijo pensaron entonces en la posibilidad de que Violeta hubiese entrado dentro de la casa de ese vecino, al estar la puerta de la cocina de éste abierta, sin que él se diese cuenta y por ello, quizá, al marcharse y cerrar la puerta de la cocina la gatita se había quedado allí encerrada. Sería cuestión de tranquilizarse y de esperar a que su vecino regresase. Había un rayo de esperanza. Eso era lo realmente importante.

Rosa puso la mesa, pero no su plato en ella. No le entraba bocado alguno. Su estómago se había cerrado a causa del disgusto. Miguel sí comenzó a comer pero, tras ingerir un poco de alimento, dejó prácticamente entero el guiso en su plato. Tampoco podía comer más, a causa de la gran preocupación que tenía. ¿Cómo se lo iba a decir a Fernando?, ¿qué le diría su gran amigo? ¡De fijo que era un irresponsable! La madre le decía que no era su culpa, en todo caso la de ella. En realidad ella no se sentía responsable de tan grave pérdida puesto que estaba convencida de que, a pesar de haber dejado la ventana abierta mientras se hacia el guiso, había cerrado bien la puerta de la cocina al salir. Pero si así era, ¿por qué no aparecía la mascota por ninguna parte?

Sentados una al lado del otro en el sillón, sin siquiera encender el televisor, se miraban sin saber qué más decir o hacer. Así estaban cuando escucharon un maullido apenas perceptible. Al unísono exclamaron: “es Violeta”. Aguzaron el oído y esperaron en el pasillo. Un minuto más tarde se repetía el miau-miau gatuno. Provenía, sin duda, de la habitación de Silvia, pero ¿de dónde? Madre e hijo habían mirado bien por allí y no la habían encontrado. Rosa tuvo una idea. Fue a la cocina y cogió una de las latitas de comida para gatos. La abrió y la dejó en medio de la habitación de su hija. Unos instantes más tarde la pequeña cabecita negra asomaba por un hueco existente entre la pared y el arcón de la cama de Silvia, próximo al radiador. ¡Ahí estaba su escondrijo! La muy tunanta se había pasado gran parte de la mañana ahí metidita, a oscuras, pero ¿cómo podía entrar en esa oquedad tan reducida? Rosa y Miguel se miraron con gesto de sorpresa. Bueno, ahora había que hacer que saliese de allí, pues parecía que la gata no podía o quería hacerlo. ¿En qué forma conseguirían el objetivo? Muy fácil, Rosa acercó la latita al lugar donde estaba la gata y ésta, en dos movimientos, salió de su escondite en busca de su comida; ahora bien, la mujer, que estaba al tanto, en cuanto vió que la gateta había salido, presurosa retiró la lata puesto que hasta la noche no podía darle el alimento. Aquello no pareció sentarle demasiado bien a la aristocrática gata pero dignamente lo aceptó caminando tan sigilosa y silenciosamente como de costumbre, sin emitir maullido alguno. El resto de la jornada prosiguió sin mayor sobresalto aunque eso sí, comentando la “gracieta” protagonizada por Violeta la cuál, después, era motivo de bromas y risas. Sí, decía Rosa a su hermana e hija: “¡menuda risa me dió a mí!, ¡vaya susto me pegué!, mientras acariciaba a la gateta que se había echado a su lado en el sillón, quizá para compensarla por el disgusto.

Un par de horas después de darla su cena y su ración de mimos, llegó la hora de dormir. Violeta tomó posesión de la habitación de Miguel motivo por el cuál el joven volvió a compartir cama con la gatita. El muchacho temía hacerla daño al moverse, e incluso darle alguna patada ya que la gata se empecinaba en dormir a los pies, en lugar de hacerlo en un cojín que la habían puesto en el suelo. El caso es que no se sabe cómo lo hicieron pero esa noche no hubo recital gatuno. La diva del canto dormía a pata suelta…

Había amanecido ya cuando Rosa se levantó. Fue a poner la cafetera y se encontró con la gateta en el pasillo. La saludó dándola los buenos días y acariciándola. La gatita debió corresponder a dicho saludo pues su boca exhaló un leve “miau”. Una vez hecho el café Rosa se dispuso a tomar el desayuno y ahí sí comenzó Violeta a repetir insistentemente un maullido tras otro. Sin duda reclamaba su lonchita de jamón de York. Nada más terminar el último sorbo de café, la mujer sacó del frigorífico la “delicatessen” para, troceada, ofrecérsela a la bella gatita de pelo azabache, quien no dudó en comérsela y relamerse pidiendo más…

Al poco rato Rosa, desde la cocina y mientras ponía en marcha la lavadora, escuchó lo que ya para ella era el inequívoco sonido que señalaba que la gatita “estaba en el baño”: el ruido que la gateta hacia con sus patitas al remover la arena en el arenero. Una vez Violeta salió, volteando su cola como si de un plumero se tratase, Rosa fue y vió que, en efecto, tenía tarea que hacer allí…

“Milady” se movía a su antojo por toda la casa; sin lugar a dudas se había adaptado a la perfección y en muy poco tiempo, tanto al lugar como a las personas que allí habitaban. Eso sí, la casa permanecía cerrada a “cal y canto”. ¡Faltaría más!, cualquier medida de precaución era poca a tener en cuenta con tal que la gatita de angora no tuviese la más mínima oportunidad de escaparse aunque, bien mirado, ahora parecía muy dudoso que hiciese tamaña estupidez habida cuenta de lo bien que se la trataba. Sí, sin duda estaba muy a gusto allí y, aunque pudiese, no se escaparía pero como decía Rosa, más vale prevenir…

Violeta gustaba subirse a la cama de Miguel para realizar allí su aseo personal consistente en lamerse sus patitas, entre otras partes de su cuerpecito, y en tales menesteres fue pillada en varias ocasiones por su cuidadora. La anfitriona la miraba sonriente. Cada vez estaba más contenta de tener a la gatita en su casa. ¡Qué mal lo iba a pasar cuando tuviese que despedirse de ella!

El día transcurrió apaciblemente hasta que, por la tarde, Violeta, de nuevo, dejó de dar señales de vida. Nuevamente comenzó la búsqueda. La última vez que Rosa había visto a su mimada gateta fue por el pasillo, en compañía de Miguel. Después el adolescente entró en su habitación para estudiar un rato, dejando por ello de centrar su atención en el animalito. Rosa por su parte pensó que Violeta estaría allí con él.

Pasaron un par de horas y al salir el muchacho de su cuarto la madre le preguntó por la gateta, contestando el chaval encogiéndose de hombros. Erróneamente ambos habían creído que “milady” estaba en compañía del otro, respectivamente.

Buscaron una por una en todas las habitaciones pero de nuevo no la hallaron. No había ninguna duda de que estaba en casa ya que todas las ventanas estaban cerradas. Imposible totalmente su huída. ¿Estaría de nuevo en el hueco de la habitación de Silvia? No podía ser. La habían llamado e incluso habían depositado en el suelo, al igual que hicieran el día anterior, una latita de su comida abierta y Violeta no había salido al olerla. Además, ¿cómo había podido entrar?

Miguel cayó en la cuenta de que, al necesitar un libro de su hermana, había abierto el cuarto de Silvia y no había tenido la precaución de cerrarlo bien por lo que la gateta, con un pequeño empujón podría haber abierto la puerta.

Esperaron un buen rato para ver si salía o si escuchaban algún maullido. Nada, silencio total. ¿La habría ocurrido algo? Rosa empezó a temer que se hubiese quedado atrapada en aquel hueco, asfixiándose. ¡Oh, no, qué horrible!

Afortunadamente Consuelo, la hermana de Rosa, llegó de visita y ayudada por su sobrino desmotaron con gran esfuerzo parte del mobiliario que estaba unido al arcón bajo el cuál, al haber una parte de él hueca, casi con toda seguridad se había cobijado la linda gatita de ojos color esmeralda. Efectivamente el animalito estaba allí y, tal y como Rosa había intuido, se había quedado atorada sin poder salir, la gata sería negra pero… ¡la había liado parda! Violeta estaba tan asustada que ni siquiera emitía un miau. Por fin el joven logró sacarla con sumo cuidado mientras la acariciaba para que se sintiese segura. Una vez en el suelo “milady” se refugió en el rinconcito que formaba, a modo de un cuadrado, la unión de los dos sofás, justamente al lado de la mesita baja que había en el salón. Costó trabajo que saliera de allí. Rosa lo consiguió acercándose despacito a ella mientras, en su mano, llevaba abierta la latita de comida para gatos. ¡Pobre Violetita, menudo susto se había llevado también ella!

A partir de ese momento Rosa comenzó a llamar a la gateta “Barrabasa” o pequeña “Barrabasilla” ya que recordó que su abuela, cuando era pequeña, llamaba Barrabás a su primo pequeño a causa de las trastadas que hacia.

A la mañana siguiente la pequeña “milady” estaba acostada en aquel rinconcito del salón mirando fijamente a Rosa cuando ésta la encontró. La mujer se dio cuenta de que la pequeña Barrabasa seguía sin sentirse segura puesto que no había salido, como acostumbraba a hacer, al pasillo en su busca reclamando con su maullido el jamón de york de su desayuno. ¡Qué pena, con lo bien que se había adaptado antes de aquel incidente! Tenía que hacer que recobrase la confianza y, para ello, comenzó a decirla todo tipo de piropos: “reina mora, sultana, etc., etc.” No se sabe bien si fue por entender las palabras que Rosa la decía o si era por el dulce y tierno tono con los que las decía pero por fin la gatita salió de allí y fue a comerse el jamoncito. Poco después Violeta volvía a la normalidad, caminando por la totalidad de su feudo con esos garbosos andares que hacia que su cola se izase al compás de tan elegantes y silenciosos movimientos.

A media mañana el ama de casa observó como la gateta parecía buscar “algo” ya que iba de un lado para otro. Rosa cayó en la cuenta de que quizá el animalito necesitaba un sitio oscuro para dormir y sentirse segura, al no ser esa su casa. La mujer bajó la persiana de la habitación de su hijo y poco después comprobó como Violeta se introducía en ella. Se quedó unos minutos contemplando a la gatita a través de la puerta entreabierta y vió como ésta realizaba el ritual del aseo. Una vez realizada la higiene, la gateta se sentó en el borde de la cama más próximo a la puerta de la habitación mirando con sus preciosos ojazos fijamente hacia el pasillo, mientras movía su colita tan pronto de arriba hacia abajo como de un lado hacia otro, para después de un rato irse a tumbar al borde opuesto, al más cercano a la ventana del dormitorio. Ese día y los sucesivos hasta su partida, “milady” gustó dormirse un ratito allí, hecha un ovillito al enrollarse sobre sí misma.

El resto de los días todos los habitantes de la casa, gateta incluida, los pasaron en paz y tranquilidad, disfrutando de la mutua compañía. Violeta, quizá por aquel gran sobresalto, había sido más mimada de la cuenta, convirtiéndose en la verdadera dueña y señora de la casa, por lo que ahora se subía por encima de los sillones, de los muebles e incluso de la mesa… ¡Pequeña Barrabasa!

Llegó el día en que había que devolver la mascota a su dueño. ¡Qué tristeza tan grande! Los ojos de Rosa se habían tornado acuosos y su hijo, para consolarla a ella y para sentirse mejor él, le decía que no era una despedida ya que, en alguna otra ocasión, la gateta volvería a pasar unos días con ellos. Él se lo pediría a su amigo.

Fueron a buscar el transportín para meter dentro de él a Violeta. Miguel intentó atrapar a la gateta pero ésta salía huyendo, al parecer no quería irse de esa casa. Finalmente el adolescente pudo cogerla y meterla en la bolsa de tela a cuadros, a pesar de que “milady” ponía resistencia moviendo sus patitas. Finalmente entró en el transportín por cuyo lateral se veía la linda cabecita de la gatita mirando con sus ojazos verdes.
Miguel salió de la misma manera como llegó: portando en una mano a la gatita de angora y en la otra todos sus accesorios, pero ahora todo era tan distinto… Y es que la verdadera “pasión turca” para los García ya no era la que el gran escritor Antonio Gala escribiese en su novela sino la que “milady” Violeta, la barrabasa gateta, había provocado durante tan corta estancia en su casa, dejando ya por siempre su huella en sus almas.

Fin

miércoles, 16 de enero de 2013

LA FAMILIA PIÑA

Este relato que publico tiene un claro contenido social y describe las circunstancias  y el día a día por las que muchas familias están atravesando en la actualidad por culpa de un "puñaó" de egoísta, los verdaderos causantes de la crisis económica mundial.

LA FAMILIA PIÑA



Cualquiera que lea esto puede pensar que me he equivocado al escribir el apellido familiar, pensó Matilde una vez terminó de redactar el título de su escrito. Más no era así, aunque bien pudiera ser que, por ejemplo, la familia Peña también fuese una “familia piña”…

Matilde recordaba la conversación que había mantenido el día anterior con su vecina, Juana, acerca de esa final de la UEFA entre el Atlético de Madrid y el Atlétic de Bilbao en Budapest. Juana y sus hijos eran grandes aficionados al fútbol - de esos a los que se denomina “forofos” – y el club de sus amores era el Bilbao. Y es que fue a esa ciudad a la que su esposo y ella se trasladaron, de jóvenes, desde su pueblecito avilense. Allí nacieron sus dos hijos y de allí tuvieron que emigrar nuevamente hacia Madrid, en esta ocasión, porque los propietarios de la fábrica en la que trabajaba su marido Julio decidieron trasladar a la capital la fabricación de sus productos. Fueron tiempos duros pues no es fácil “levantar el campamento” dejando amigos, hogar, barrio y ciudad para adaptarse otra vez, en otro sitio, a otros amigos, otro hogar, otro barrio, otra ciudad… Pero ahora era aún peor que aquella primera vez a causa de sus hijos. La ansiedad les quitaba el sueño pues no sabía como todo ello afectaría a ambos hermanos habida cuenta que ellos, por ende, tenían que dejar atrás su colegio. Afortunadamente su vida en Madrid no supuso ningún trauma para los muchachos habida cuenta de la simpatía y el buen trato del que hacían gala en su relación con vecinos y compañeros de clase. Crecieron, terminaron sus estudios, comenzaron a trabajar y se casaron, pero siempre manteniendo ese cariño por Bilbao a través de su club de fútbol. Todo iba bien hasta que estalló la crisis en la que aún estamos inmersos (y lo que nos rondará “morena”) los españoles y por cuya causa el menor de los hijos y su esposa habían quedado sin trabajo y el del mayor… pendía de un hilo, aunque por fortuna la mujer de éste era funcionaria. Juana había comentado a Matilde la ilusión que les hacía poder ir a ver esa final de Copa en Budapest pero como, al conocer el coste por persona, habían desistido de hacerlo. Tanto Juana como su hijo mayor aún podían permitírselo pero… ¡Cómo gastar ese dineral habida cuenta de la penosa situación en la que se hallaba el menor de sus vástagos! Y es que ellos eran una de esa “familias piña” que tanto abundan hoy en día por culpa de la mala gestión de los malos políticos y banqueros de este país en particular. Juana y Manuel, el afortunado hijo que aún tenía un puesto de trabajo, habían llegado a la conclusión de que - aparte de lo feo que sería el ir ellos dos a ver esa final de la UEFA dejando a un lado al trabajador en paro, por falta de dinero que no de ilusión por verla – utilizarían ese buen puñado de euros en ayudar a Javier. ¡Para eso está la familia!, para ayudarse los unos a los otros.

Matilde estaba reflexionando sobre el lado positivo que la crisis económica dejaba ver: la unión entre las familias, el aunar esfuerzos y luchar codo a codo contra la adversidad. En esas estaba cuando un pensamiento aleteó por su mente en busca de una respuesta que, de antemano, sabía que nunca podría ser contestada a ciencia cierta: esos acumuladores de riqueza a los que les importa un rábano el prójimo, ¿pertenecerían a una familia “piña”? Casi podría afirmar que no, puesto que si ya es difícil recibir amor aún cosechándolo, ¡cómo recibirlo sin haber plantado antes esa semilla? Y esas personas no cosechan amor porque no saben amar… ni siquiera a sí mismos, porque en caso contrario sabrían que la verdadera felicidad y bienestar está en el interior de la persona y no en lo que las cosas te pueden proporcionar, y que una de las mejores formas de conseguirlo es ayudando desinteresadamente a los demás y no amasando fortunas… a costa de empobrecer, incluso, a países enteros. Sí, Matilde casi podría asegurar que, en el hipotético caso de que perdiesen todo su dinero, ningún miembro de su familia les ayudaría. Ese tipo de personas no saben ni tendrán la suerte de saber lo que se siente al formar parte de una “familia piña”… por mucho que puedan ir volando en primera y a hoteles de cinco estrellas para ver el final de cualquier Campeonato de fútbol o de lo que se tercie…



TE QUIERO VERDE

Este poema es uno de los que he escrito que hablan del lugar donde vivo. ¡Va por tí, Villaverde!


TE QUIERO VERDE
Cuando recorro tus calles

a veces puedo encontrarte

allá donde nunca

llegar pude imaginarte.

Asomándote te veo

por grietas y vericuetos

surgiendo de entre las tejas,

brotando del pavimento.

Por la historia que leí

- aunque no te conocí -

sé que eran verdes tus tierras:

sotos, dehesas, praderas…

En ellas se cultivaban

trigo, cebada, viñas

y productos de la huerta.

Quisiera yo poder verte

engalanada de verde

vestir de naturaleza

- tu verdadera esencia -,

cubriendo solares yertos

que en su día fueron moradas

de labriegos o de obreros,

y naves abandonadas

de fábricas ya olvidadas,

cuarteles que antaño fueron

construidos en tu terreno,

fantasmas de otros tiempos

de los que Villaverde está lleno.

Y es que sin duda quieres

volver a verte de verde,

por ello con fuerza irrumpes

cuando tienes ocasión

y en una brizna de tierra,

con el agua y con el sol,

le plantas cara a la urbe

demostrando valentía

y con denodado empeño

nos muestras bien tu valía,

haciéndonos así ver

que si nosotros queremos,

en este que es nuestro barrio,

al asfalto puede el verde

si por ello, peleamos

y si no nos conformamos...



sábado, 4 de agosto de 2012

PALABRA DE DIOS


PALABRA DE DIOS
TODO AQUELLO QUE MEREZCO
LO QUE TÚ NUNCA ME DAS
DIOS ME LO DARÁ CON CRECES

Y EN LA VIDA Y EN LA MUERTE
LO QUE YO NO TE RECLAMO
ÉL TE HABRÁ DE RECLAMAR

PUES BIEN SABE QUIEN DE NOSOTROS
AMÓ CON EGOÍSMO Y QUIEN CON GENEROSIDAD







martes, 24 de julio de 2012

¡A ESTIRAR, A ESTIRAR! QUE EL DEMONIO VA A PASAR

¡A ESTIRAR, A ESTIRAR! QUE EL DEMONIO VA A PASAR.


A mi memoria viene aquella canción que, de pequeña, cantaba con mis amiguitas en la calle mientras jugábamos a ese juego llamado “el corro” y es que, como decía aquella otra infantil que coreábamos mientras, cogidas unas a otras de la mano, dábamos, en círculo, la vuelta una y otra vez hasta concluir la canción sentadas en el suelo, por aquella época, pocas eran las niñas que tenían, en su casa, un patio particular en el que jugar en el que el demonio terminaba por pasar…

Era una sociedad paternalista en la que, si uno era bueno y obediente obtenía premios y si no lo era, resultaba castigado.

Después ese modelo cambió a uno que, en principio, debía ser mejor puesto que dejaba a los hijos que desarrollasen su personalidad sin la autoritaria intromisión de los padres. Era el modelo de tolerancia pero al final no ha resultado tan exitoso como se las prometía porque, aunque bien es cierto que hubo una generación – la de la transición de uno a otro modelo social – que sí dió buenos frutos, las siguientes han derivado en un mal entendimiento de la palabra tolerancia que ha dado lugar a otra que, siendo parecida, ni por asomo es la misma: Permisividad.

Y es que los padres de la generación de los sesenta no somos tolerantes sino permisivos. Consentimos a nuestros hijos la falta de respeto, especialmente hacia las normas y el resto de las personas, aunque algunos padres sí quieren que se les respete a ellos… aunque no al resto de la sociedad. Y encima, se les premia...

Todo esto se pone de manifiesto con la llegada del buen tiempo, y más aún en el verano, en comunidades donde hay patio y… piscina.

Las normas dicen: “Prohibido jugar con balones u otros objetos en el interior de la piscina”. Bien pues los niños y no tan niños se lo pasan “por ahí mismo” y eso sí, con el beneplácito de los padres, lo cual impide que el socorrista cumpla bien con su trabajo al no “atreverse” a decirles nada pues… los padres son los primeros no sólo en consentirlo sino en dejar que bajen el balón (y sí, digo balón y no digo pelotita de plástico de colores, típica de las playas…).

Y no sólo eso, es que, aparte de no dejar que sus hijos cumplan con las normas, no dejando que aprendan las verdaderas normas de convivencia, además les animan a no aceptar las decisiones de la mayoría (esos mismos que luego se consideran demócratas). Y es que tras una votación relativa a sacar el mobiliario de piscina (sillas y mesas) fuera del recinto de ésta, un elevado porcentaje de vecinos votó que no fuese permitido y en esta ocasión no sólo los hijos sino también los padres hicieron caso omiso del resultado de la votación, aunque cuando esas mismas personas han propuesto otras cosas y han obtenido la mayoría, el resto de los vecinos lo han acatado.

Capítulo aparte merece el de no pisar el césped, etc., etc…

Sí, nos hemos vuelto demasiado permisivos con esos que son los que conformarán la sociedad del futuro pero es que, quizá también nos hemos vuelto demasiado permisivos con nosotros mismos… Hemos llegado a un punto en el que ni siquiera nos sorprende que nos haga gracia ese anuncio de refresco que, con tal de que el adolescente se divierta, manda a quien quiere hacer que se cumplan las normas a tomar F… ¿Dónde quedó aquello de “la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro…"?

Y es que este es el diablo de nuestros días: la falta de respeto y campea libre por doquier porque comienza a hacerlo, sin que nadie le ponga trabas, desde el patio de nuestras casas que es particular y en él se falta al respeto tanto como en lo demás...





domingo, 22 de julio de 2012

SAN ISIDRO, LABRADOR

SAN ISIDRO, LABRADOR

San Isidro, labrador
Patrón de aquestos parajes,
Aunque no lo merezcamos
Al cambiar bellos paisajes,
Las tierras que con amor,
Con esfuerzo y con sudor
Y la ayuda de los ángeles
A lo largo de tu vida cultivaste,
Pues donde creciera el trigo
Ahora sólo hay edificios
Esos campos que labraste
Hoy calles de asfalto son
Transitadas por los coches,
En lugar de ser camino
de bueyes y carruajes
De las huertas y frutales
Nada queda, en estos lares;
A cambio ahora tenemos
Farolas y pavimento,
Tu campo ha quedado yerto
Y el aire contaminado
Aún así, querido Isidro
Habiendo dado de lado
Ese trabajar la tierra,
Ese sentir campesino
En estos tiempos que corren
Ayuda a tí te pedimos
Pues somos tu pueblo, el llano
No nos dejes San Isidro
de esa que es, tu santa mano.

Rosa Mª Castrillo
Madrid, 22 de Julio de 2.012







SANTA MARÍA DE LA CABEZA


SANTA MARÍA DE LA CABEZA

Santa María,
María de la Cabeza
De nuevo extiende tu pañoleta
Haznos María el favor,
Haznos María el milagro
Para que así, sobre ella,
Podamos cruzar sin ahogarnos
Ese río desbocado
Esas aguas de codicia,
De maldad y de injusticia
Ayúdanos tú, Toribia
¡Oh,Santa, Santa María!
María de la Cabeza
A cruzar a la otra orilla
Esa en la que no exista
Egoísmo y mezquindad
Aquella en la que podamos
Como cristianos andar,
Ven con tu aceite a alumbrar
A este pueblo de Madrid
Que en la oscuridad, está.

Madrid, 15 de Julio de 2.012
Rosa Mª Castrillo





martes, 17 de julio de 2012

LA FIESTA


LA FIESTA

¡Vente a la fiesta!
No quiero ir,
Estoy de luto
¿Quién se te ha muerto?
Es mi país
¿De qué ha fallecido?
De mucho exceso
¿En qué se excedió?
En hombres corruptos
 Y políticos ineptos.

Madrid, 15 de Julio de 2.012
Rosa Mª Castrillo









domingo, 15 de julio de 2012

TORRELAGUNA, CUNA DE FAMILIAS CRISTIANAS

Este escrito es un relato/crónica de la Romería de Torrelaguna. Se la dedico a las gentes de allí porque... ¡Ellos lo valen!

TORRELAGUNA, CUNA DE FAMILIAS CRISTIANAS

Nacida en Madrid, de padres y abuelos madrileños, y, para más “inri” proveniente de la zona comprendida entre la Puerta de Toledo y Marqués de Vadillo, lógicamente, de toda la vida conocí al Santo Patrón de la Villa y Corte, San Isidro y, por ende, a su esposa, Santa María de la Cabeza, ¡anda que no he pasado veces, desde la infancia, por delante de las figuras que de ellos existen en una hornacinas, en el Puente de Toledo! Sin embargo hasta este año nunca antes había vivido la procesión desde dentro, aunque sí en algunas ocasiones me topé con ella por las viejas calles matritenses. Recuerdo que me sonaba “a chino” aquella exclamación: “¡Viva Torrelaguna!”. Ello se debía a mi total desconocimiento de la vida y milagros del cónyuge del Patrono de Madrid.

Fue a través de una antigua conocida mía - por medio de una visita al museo de los Orígenes, más conocido por el de San Isidro, en el cual nunca había estado – que comencé a conocer la vida de este santo matrimonio. Ella, al ver mi interés, me informó de cómo y dónde se conocieron Isidro y María Toribia, pues ese es el verdadero nombre de la santa: en Torrelaguna. Allí contrajeron matrimonio y allí, tras vivir en la capital al lado de su esposo, regresó Santa María de la Cabeza para dedicar su vida, como santera, al cuidado de la ermita de la Virgen de la Piedad.

Dada la proximidad de la fecha, Paloma me invitó a acompañarla a la romería que se haría, como cada año, en dicha localidad en honor a ambos santos. Acepté porque algo dentro de mí me decía que así debía hacerlo. Era como si tuviese una especie de “deuda” con la santa que siempre había quedado, en mis recuerdos y devoción, relegada a un segundo lugar.

Después de bajar del autocar, nos dirigimos a un bar para degustar unos exquisitos churros y porras con los que hacer acopio de fuerzas para, posteriormente, iniciar la romería que saldría de la plaza Mayor. Mientras esperábamos que se dieran los últimos toques en las carretas, uno de los lugareños nos dió unas explicaciones acerca de la bellísima iglesia gótica de Santa María Magdalena, considerada patrimonio artístico, en la cual reposan los restos mortales del insigne poeta Juan de Mena, según pudimos constatar al entrar en su interior. Asimismo nos habló del escudo de armas del cardenal Cisneros que, en piedra, se haya ubicado en la fachada del Ayuntamiento, sito – al igual que la mencionada iglesia - en la plaza Mayor.

Protegidos por gorras, crema de protección solar y con el abanico en la mano iniciamos el camino como romeros. Durante el recorrido, a ratos, el intenso calor se aliviaba gracias a la brisa que parecía querer acompañarnos en algunos tramos del camino. Mientras sentía el suave vientecillo en mi cara gusté fantasear que no eran sino los santos que, al soplar levemente, querían hacernos más livianos esos cinco kilómetros hasta la ribera del río, lugar donde ocurrió, según me comentaron, el milagro acaecido a Santa María de la Cabeza.

Poco antes de llegar al lugar donde rendiríamos homenaje al santo matrimonio con una misa campera, paramos en la ermita de Nuestra Señora de la Piedad - hoy en ruinas y cercada por alambres que impiden el paso a la misma, al ser propiedad privada - para rezar una oración. Allí pedí a la santa que ablande el corazón del actual propietario para que ceda al pueblo la ermita, para que tan santo lugar (no olvidemos que durante varios siglos el cuerpo de la santa estuvo allí enterrado) sea reconstruido por los torrelagunenses y así poder cumplimentar debidamente a la santa y a la Virgen de la Piedad, llegando incluso, quizá, a mantener una luz siempre encendida alumbrando a la Virgen.

Sé que a algunas personas puede parecerles descabellada la demostración de fe y el hecho de considerar, incluso, milagrosas la imágenes de unos santos, Virgen o Cristo, labradas en tallas de madera (cuadro o icono) y más habida cuenta que a veces son réplicas de las originales que, por uno u otro motivo, fueron destruidas o perdidas, pero a los que así piensan yo les sugeriría otra forma de verlo. Para mí esas imágenes, en realidad, son depositarias (como antenas que reciben ondas) de la fe de aquellos que en ellas creen. Siento, sinceramente, que en esas estatuas, de alguna forma, quedan impresos los sentimientos de los que ante ellas rezan, suplican, piden o lloran, y que son los que realmente hacen que esa obra – un objeto - creada en un taller de carpintería o pintura se convierta, por ejemplo, en San Isidro o Santa María de la Cabeza, venerados, queridos y respetados por todos su fieles. Y es que todo es cuestión de fe, y lo que sí puedo asegurar es que en esa romería de Torrelaguna había fe a raudales, tanta que esos romeros no sólo habrían podido mover una montaña sino toda la cordillera del Himalaya.

Sin duda fué una jornada que nunca olvidaré y por ello te doy las gracias, Paloma, y no sólo por darme a conocer la historia de tan ejemplar matrimonio, sino también por tener la suerte de visitar esa maravillosa y acogedora localidad y convivir, durante unas horas, con tan magníficos anfitriones en tan bello paraje que tuve la dicha de conocer: la ribera del milagro. Al no poder agradecer uno a uno la dedicación que todos ellos tuvieron para con nosotros, lo hago en la persona de Luismi, el hermano Mayor de la Hermandad de Santa María de la Cabeza y San Isidro de Torrelaguna. Y en verdad os digo que cualquier persona que tenga interés por participar en esa romería será de igual forma tratado y recibido, siempre que lo haga desde la devoción y el respeto.

Pero el interés de Torrelaguna no radica, ni mucho menos, exclusivamente en el ámbito religioso. También posee un gran atractivo para cualquier viajero que sea amante de la cultura y es que, sin ir más lejos… ¿Qué sería de Madrid sin la universidad de Alcalá de Henares? ¿Habría existido sin Cisneros? Pues no hay que olvidar que es allí donde el cardenal Cisneros nació.

Os aseguro que merece la pena ir a esta real villa y recorrer esos cinco kilómetros a pié, aún sin ser creyente, porque tal vez, y sólo digo tal vez, mientras se anda el camino que va desde el pueblo hasta la ribera del milagro puede que uno encuentre algo que, quizá, en un momento de su vida tuvo y perdió: la fe.

Por todo ello quiero ser yo quien ahora os anime a vosotros a viajar hasta allí para que así, si en el futuro os animáis a ir a la procesión de San Isidro - ú os pilla mientras camináis por la calle Toledo y aledaños - y escucháis ese grito: “¡Viva Torrelaguna!” podáis decir - como diré yo desde ahora – a modo de respuesta, desde lo más profundo de vuestro corazón y con el alma puesta en Santa María y San Isidro: ¡Qué viva Torrelaguna!

Rosa Mª Castrillo Rodríguez

POEMARIO ROSA MÍSTICA

Porque en mí hay una parte espiritual bastante importante...


POEMARIO ROSA MÍSTICA
Autora: Rosa Mª Castrillo Rodríguez

ÍNDICE:
1.- TU ROSA
2.- TÚ, MI HERMANO
3.- BUEN JESÚS
4.- ¡OH, SEÑOR!
5.- LA MAÑANA
6.- TU MIRADA
7.- LA CARGA
8.- EL CALOR DE TU AMOR
9.- TU LUZ


I.- TU ROSA

Yo una rosa quiero ser,
Como la que en su mano prende
Esa Virgen tan bonita
Que todos llaman “Santiña”

María, madre de Dios
Madre del Amor Hermoso,
Madre mía.
¿Qué puedo hacer, dime tú
Pa’ conseguir ese fin?
¿Qué puedo hacer, dime tú
Para verte sonreír?

No quiero ser las espinas
De esa rosa que tú portas
Sino el perfume, la esencia
Del alma de aquesa rosa

María, madre de Dios
Madre del Amor Hermoso,
Madre mía.
¿Qué puedo hacer, dime tú
Para llevar esa luz
De alegría y esperanza
Que siento dentro del alma?

Ayúdame Virgencita
A ser otra rosa más
En ese bello jardín que se llama…
Cristiandad.

Madrid, 6 de Mayo de 2.011


II.- TÚ, MI HERMANO

Yo no te amo Jesús
Como Teresa te amó
Te amo como se ama
A un hermano mayor
Como hermano te escogí
Para seguir tu camino
Pues quiero ser a tu vera
Caminando, peregrino
De tí poder aprender
Esas palabras tan bellas
Que nos diste a conocer:
Amor, perdón, esperanza y caridad
Y que todas practicaste
Con infinita bondad

Yo no te amo Jesús
Como la santa te amó
Te amo como se ama
A un hermano mayor
Por ello así te pido, hermano querido mío,
Que me ampares y protejas
- Pues mayor eres que yo –
A superar esas dudas, las pruebas y sinsabores,
Los maltratos, los dolores,
Esas espinas que en la vida se me clavan
Y que sintiéndote al lado
Se convertirán en agua
Con ella refrescaré el volcán que a veces siento
Al ver tantas injusticias
Que el mundo está padeciendo

Yo no te amo Jesús
Como Teresa te amó
Te amo como se ama
A un hermano mayor
Por eso segura estoy
Que de tu mano, ¡oh, hermano!
Algún día llegaré, al final de ese camino
A encontrarme con aquel
Que Padre de todos, es.

Madrid, 17/03/2011

Nota: Hace referencia a Santa Teresa de Ávila.



III.- BUEN JESÚS

Perdida estaba, Jesús
En lucha conmigo misma
Pues la cruz que yo tenía
Cegaba toda mi alma
Y por ello, del sendero
Alejándome ya estaba

Fué cuando te vi a ti allí
Encerrado en tu capilla
Entre barrotes de hierro,
Con tu corona de espinas

Al mirarte pude ver
Tu mirada compasiva
A pesar de haber sufrido
Escarnios, burlas, tortura
Como pago de tu amor,
Tu bondad y tu dulzura

Perdida estaba, Jesús
En lucha conmigo misma
Hasta que te encontré allí
Dejando a la deriva de ir...

Madrid, 2 de Septiembre de 2011


IV.- ¡OH, SEÑOR!

Yo quiero hacerte, ¡oh, Señor!
Con mi cariño feliz
Y cultivar la belleza
De mi alma para ti

Yo quiero hacerte, ¡oh, Señor!
De mi vida, ese timón
Y navegar tempestades
Sin sentir ningún temor

Yo quiero hacerte, ¡oh, Señor!
Un regalo muy especial:
Sembrar bondad y piedad
Esperanza y caridad

Yo quiero hacerte, ¡oh, Señor!
Una promesa en tu altar
Intentar por el camino
No desfallecer jamás

Yo quiero hacerte, ¡oh, Señor!
Un ruego, con humildad
Si en ese intento me hundo
Vénme pronto a rescatar.

Madrid, 2 de Septiembre de 2.011


V.- LA MAÑANA

Hermosa es la mañana
Hermosa tu sonrisa
Cuando te veo, al entrar,
Por la puerta de la ermita
Resplandece el cielo azul
Resplandece mi mirada
Cuando veo en el Altar
Tu cuerpo, hostia sagrada
Custodiado en su sagrario
Y alumbrado de esa luz
Tenue, suave, rubí,
Que nos ayuda a saber
Que el Amor y el Perdón
Se hayan con nos, allí
Hermoso es el día entero
Hermosa la vida se halla
Si encontramos tu destello
Desde primera hora del alba

Madrid, 3 de septiembre de 2.011

VI.- TU MIRADA

Dulzura nunca yo hallé
Que pudiera compararse
Con la que pude encontrar
En tus ojos, al mirarte
Si pudiera describir
Con palabras el amor
Tendría yo que decir
Que mirándote a los ojos
Fue allí donde le vi

Cálida mirada, dulce sensación
Me transmiten esos ojos
En los que me miro yo
Infúndenme el sentimiento
De sentirme muy querida,
Perdonada y protegida

Espero, Jesús querido,
Que no apartes tu mirada
Y que a pesar de mis dudas,
Mis afrentas y pesares
Cuando te miré a los ojos
Tu dulzura siempre halle.

Madrid, 4 de Septiembre de 2.011


VII.- LA CARGA

Que duro se hace el camino,
Sembrado en dudas se haya.
Cuán pesada es esa carga
Para apesadumbradas almas.
Más cuán liviana se vuelve
Si a cambio nada se espera,
Si no te mueve, al llevarla
Deseos de recompensa:
El paraíso en el cielo
Gloria y riqueza, en la tierra
O el temor de, en la otra vida,
Arder la eternidad entera…

Desde que cuenta me dí
Que lo bueno es perdonar
Por amor y caridad
La sonrisa está en mi cara,
Menos pesada es la carga
Y es ahora, Padre nuestro,
Que tengo plena certeza:
Tú me ayudas a llevarla.
No necesito otra prueba
Que revele tu existencia
Pues me vale con sentir
Cuán ligera está mi alma…

Madrid, 4 de Septiembre de 2.011


VIII.- EL CALOR DE TU AMOR

Ahora entiendo, Virgen mía
Porque te dedican mayo
Tu calor, como el sol en ese mes,
Hace en nuestros corazones
Brotar y crecer la fe

Mayo es el mes de las flores
Mayo es el mes de María
Mayo es el mes que me acerca
Aún más a ti, Madre mía

Virgen que de amor inundas
- Cual cálido rayo de sol -
Nuestra alma, nuestro ser
De esperanza tú me llenas
En un nuevo amanecer

Y por eso yo te pido
No nos dejes de querer
Danos siempre ese, tu amor
Que del mal nos ha de proteger.


Madrid, 7 de Septiembre de 2.011


IX.- TU LUZ

Madre y hermana, Teresa
Dame tu fuerza y tesón
Para resistir la lucha
Que me llena de dolor
Deja que entre en mi cuerpo
Esa luz que desprendías
Cada día de tu vida

Aunque en Calcuta vivías
Nunca fronteras halló
Tu bondad y tu sonrisa
Madre y hermana, Teresa
Ejemplo pa’l mundo entero
De lo que es dar amor
A base de caridad,
Y el cuidado a los enfermos

Yo quisiera bien seguir
Tus pasos, Teresa mía,
Ser un pequeño reflejo
De tu alma cristalina
Más alto dejaste el listón
Pues viviste con fervor
Sirviendo siempre al Señor

Madre y hermana, Teresa
Cuán dichosa hubiese sido
Si mis pasos en la tierra
Se hubiesen topado contigo
Sólo espero, Teresita, que algún día
Pueda ser merecedora
De encontrarte en la otra vida.

Madrid, 18 de Septiembre de 2.011